INTRODUCCION
Entre los ancianos que no están sumergidos en la indiferencia egoísta de la vida vegetativa, unos son pesimistas y se consumen en
lamentos del pasadO, los otros a pesar del horror de los eventos, se encuentran más optimistas. Oscuros discípulos de Condorcet,
guardan como él, hasta en la tumba, su confianza en el progreso, y consagran sus últimos momentos a difundir las ideas que creen
fecundas.
Privados por el debilitamiento físico de los placeres materiales, se atan a las satisfacciones de la mente. Sabiendo que están en
peligro de muerte se sienten desprovistos de todo interés personal y se preocupan sólo de ser útiles.
Así suene extraño, el gozo de preparar los progresos que no se verán es muy fuerte. Las obras póstumas son así también, sólo quieren
asegurarse que no fracasarán.
Estoy seguro que no sólo es posible, sino fácil disminuir notablemente la frecuencia del cáncer, estoy totalmente seguro de los
resultados de largos trabajos que lo sustentan. Estoy seguro porque he llegado a esta noción sin buscarla. Las investigaciones
que realicé tenían como único objetivo el tratamiento de las heridas.
La antisepsia, basada en los descubrimientos de Pasteur, había transformado la cirugía. El método comprendía dos partes: la
esterilización de los instrumentos y de las manos, y por otro lado, la acción de los antisépticos sobre las heridas. La primera parte
es intangible. Está claro que el cirujano no tiene el derecho de transportar los microbios patógenos con sus manos y con su instrumental.
La segunda es distinta. Me he preguntado, desde hace medio siglo, si el lavado de las heridas con las soluciones antisépticas resultaba
más desventajoso que beneficioso.
Un organismo se defiende contra los agentes microscópicos de la infección. Sus células están adaptadas hereditariamente para la lucha.
Si son sensibles a los antisépticos, el lavado de las heridas, al destruirlas, disminuye la resistencia a la infección.
Si son más sensibles que los microbios, si proporcionalmente sucumben en mayor cantidad que los agentes patógenos, los antisépticos, en
vez de disminuir la infección, pueden aumentarla.
De manera general, los organismos vivos son cuanto más delicados más perfectos. De acuerdo a esta ley, es probable que los microbios
protofitos elementales, resisten mejor a los antisépticos que las células de los seres superiores. La lógica nos lleva a la conclusión
que la aplicación local de los antisépticos es perjudicial.
No hay nada más peligroso en biología que la lógica. Una posibilidad lógica no es una posibilidad real, decía Leibniz. Cuando se trata
de seres vivientes, no podemos conocer todas las condiciones de un problema. Asimismo, la conclusión más lógica es sólo una hipótesis
de trabajo. Sólo la experimentación puede autorizar conclusiones certeras.
Mi manera de pensar es que toda pregunta hace surgir en mí no solamente el programa, sino la visión de un experimento. He ejecutado
muchos que no han dado resultado. He concebido muchos que no he podido realizar. Concibo algunos todavía pero que son realizados
parcialmente por aquellos a los cuales les encomiendo su realización. He recurrido entonces a la experimentación.
Dastre, quien en ese entonces era profesor de fisiología en la Sorbona, había enseñado historia natural al inicio de su carrera docente,
como se decía, en el Liceo Louis Le Grand donde me formé como alumno de Sainte Barbé. Dastre me entusiasmó, y continué en contacto con
él. Le pedí asilo, ya que así haya sido prosector, la Facultad de Medicina no me daba ningún medio ni facilidad para hacer
investigación científica. Quiso recibirme en su laboratorio, el cual, durante la construcción de la Nueva Sorbona, fue trasladada a
la calle Ulm, al final de la Plaza del Panteón. Es ahí que pude demostrar experimentalmente en 1891 que el lavado del peritonio con
los antisépticos favorece la infección.
Bajo la influencia de Terrier y de Quénu la asepsia se había impuesto a la antisepsia. La revolución era menos completa de lo que parecía.
Para los instrumentos y el material de cura, se había reemplazado la esterilización química, siempre aleatoria por la esterilización
térmica, que es la única segura. El guante de caucho, esterilizable por medio del calor, impedía el contacto de las manos con las
heridas. Eran progresos innegables. Pero la mayoría por no decir la totalidad de los cirujanos continuaban "tocando" las superficies
cruentas con soluciones antisépticas antes de suturarlas. Esto parece extraño, ya que es la insuficiencia de la esterilización por los
antisépticos que había conducido a sustituir su calor.
En esa época se drenaba todas las heridas, hasta las heridas operatorias: no se hacían nunca suturas herméticas. La prueba de la necesidad
del drenaje parecía suministrada por el hecho mismo que hasta en los casos donde la evolución era aséptica, la herida era mojada por
algunas excreciones evacuadas por los drenajes.
Pensaba que las excreciones, que parecían inevitables, tenían dos causas: el frotamiento de los antisépticos que afectaban a una
pequeña capa de tejidos y el drenaje mismo que irritaba las células. Asimismo en 1888, siendo interno de Trelat, pedí a mi maestro la
autorización para suturar completa y herméticamente, sin drenaje alguno, una herida de amputación.
"Está loco. Que secreto cree poseer que impida las exhudaciones de una gran herida?" me respondió Trélat. Le expuse mis ideas. Con
mente amplia me permitió la autorización que le solicitaba.
Era una amputación de pierna extemporánea. Estaba desesperado. Se hizo entonces esta amputación por el método del colgajo externo que
Farabeuf acababa de arreglar. El vasto colgajo, acodado al ángulo derecho por medio de la sutura, se encontraba en condiciones de
nutrición precaria. Estas condiciones molestosas podían comprometer mi intento. La desunión más pequeña habría sido atribuida a la
ausencia de drenaje.
Si se hubiese producido, hubiera estado seguro que se había debido únicamente a la unión del colgajo? Estaba en una encrucijada cuyo
resultado podía influir en mi mentalidad y en toda mi carrera.
Me esforcé a enfrentar exactamente los tejidos y debí esperar ocho días que me parecieron sumamente largos. Cuando saqué la venda,
en presencia de Trélat, las compresas estaban tan limpias como cuando las había puesto, la unión era completa y perfecta.
Hace 55 años que hice esta venda, y aún veo la sonrisa de Trélat. Tuve la suerte de tener tal maestro y tal enfermo, un maestro tan
comprensivo y un enfermo que tenía tejidos llenos de vitalidad. Les estoy muy agradecido.
En 1914, la mayoría de los cirujanos recurrían a la antisepsia para tratar las heridas de guerra. Es una ley histórica que las grandes
perturbaciones conllevan a las prácticas antiguas. Carrel fue el principal campeón de esas ideas retrógradas. Su maña de experimentador
le valió un laboratorio en el Instituto Rockefeller.
Regresando de los Estados Unidos, fue a encontrarse con el médico inspector general apellidado Fébvrier y le dijo que traía una
solución antiséptica y un método de irrigación que iban a suprimir la infección de las heridas, incluida la gangrena gaseosa.
Fébvrier le respondió: "Mejor hubiese sido traer un buen bisturí". Poco tiempo después, los grandes periódicos y hasta los avisos
luminosos celebraban el nuevo método a la manera americana.
Los heridos a los cuales se les aplicó no formaron parte de este concierto de elogios, ni yo tampoco. El antiséptico que utilizó Carrel
es el licor de Dakin, una solución de hipoclorito derivado del licor de Labarraque que estaba siendo empleado desde hace más de
un siglo. El método consistía en introducir drenajes finos en toda la herida haciendo irrigaciones frecuentes. Febvrier tenía razón.
Antes del final de la Guerra, el método de Carrel fue abandonado y bajo la influencia de Gaudier, la resección con el bisturí de los
tejidos desvitalizados había prevalecido y daba resultados admirables.
Espantado por el retorno a los antisépticos, había retomado mis investigaciones experimentales. Era entonces profesor de clínica
quirúrgica, tenía un laboratorio y alumnos que fueron de invalorable ayuda. Noel Fiessinger, que se ha convertido en el profesor
eminente de clínica quirúrgica conocido por todo el mundo, me brindó su colaboración.
Redactamos en conjunto un volumen titulado: Biología de la herida de guerra.
Primero he mostrado mediante experimentos sencillos que en el pus los antisépticos pierden casi completamente su acción microbicida,
luego que en ciertas condiciones favorecen el desarrollo de microbios. He dado la explicación de esos resultados paradójicos. Todo eso
confirmaba y precisaba las nociones que había adquirido anteriormente, sin aportar idea alguna que fuese novedosa.
Un cirujano digno de ese nombre quiere a todos sus enfermos, más aún si están gravemente enfermos y no requieren de su ciencia,
de su habilidad y de su bondad. Los heridos de guerra lo conmueven más que los otros. Haciendo por ellos todo lo que se pueda, tiene la
dolorosa impresión que no hace lo suficiente. Quería ser un supercirujano para estos heridos que fueron superhombres. Había constatado
la impotencia y hasta el peligro de la antisepsia, la pasividad de la asepsia me defraudaba.
Decidí buscar una sustancia capaz de exaltar la vitalidad de las células. La antisepsia ataca los microbios y mata las células. Soñaba
con aumentar la resistencia de las células para que puedan imponerse a los microbios.
Estamos naturalmente inclinados a pensar que el mejor terreno para las células es el medio interior del organismo donde se desarrollan.
Para los finalistas, esta idea es natural. Felizmente, no soy del todo finalista: no creo que todo sea mejor en el mejor de los mundos.
El gran principio biológico de la adaptación conduce también a la idea que en un organismo los humores y los elementos figurados deben
coincidir. Pero la adaptación no ha terminado su obra aún. Es y estará siempre en camino, siempre retrasada. Es entonces posible que
una modificación artificial del medio conlleve un crecimiento de la actividad celular.
El rol capital de los glóbulos blancos en la lucha contra la infección que fue establecido por Metchnikoff, tomé estas células como
test en mis investigaciones, y tuve la suerte de constatar bastante rápido que una solución de cloruro de magnesio a una cierta tasa
aumenta notablemente su potencia fagocitaria.
Este método que tiene por objetivo exaltar la vitalidad de las células, lo he llamado citofiláctico. Data de 1915. La palabra
citofilaxis quiere decir protección de las células. Está mal escogido. He debido crear otra que significara exaltación de las células.
No interesa el nombre. En esa época, concebía la citofilaxis como un método de lucha contra la infección de las heridas, nada más.
Utilizaba la solución de cloruro de magnesio para el lavado de las superficies afectadas y para los vendajes húmedos.
Si me hubiese quedado ahí, la citofilaxis no se hubiese extendido al cáncer.
Había constatado experimentalmente en el perro que la solución de cloruro de magnesio inyectada en las venas aumenta la fagocitosis en
la sangre. También lo utilicé en inyecciones intravenosas en sujetos gravemente infectados. Me acuerdo con precisión, como uno de los
días más importantes de mi vida, el día, el momento en que por primera vez lo administraba por la boca.
Tenía en mi servicio del hospital Necker un herido cuyo estado era grave y que rechazaba mis inyecciones.
Dije una mañana: "Intentemos darle la solución por vía oral". Acto seguido, la vigilante, la Sra. Boivin y dos enfermeras sonrieron.
"¿Por qué se ríen? ¿Las tomamos todas?" "Eso le da corazón a la obra".
¿Quién le dio la idea de tomarla?
Hemos notado que los enfermos, a los que inyectamos, experimentaban una suerte de bienestar.
Entonces intentamos beberla y nos produjo el mismo efecto.Es gracias a este azar que se debe la extensión del método citofiláctico.
Esta solución que llamábamos mi droga, la administraba a todos los heridos de mi servicio, yo mismo la tomé, y les di de tomar a todos
mis seres queridos.
Los vigilantes y las enfermeras, encantados con la sensación de euforia, de energía, de resistencia a la fatiga que sienten, le hacen
propaganda. Muy rápido, gran número de personas tomaron regularmente "mi droga" y recolecté un gran conjunto de hechos que no me
esperaba y que motivaron nuevas investigaciones.
De esta manera estudié la acción de las sales magnésicas en la narcosis clorofórmica, en las avitaminosis, en la anafilaxia, en la
secreción, la eliminación y las propiedades de la bilis, en la acidificación de la orina.
Los bellos trabajos de Grignard sobre la potencia de la síntesis de los compuestos organomagnésicos me condujeron agregar al cloruro de
magnesio pequeñas cantidades de otras sales halogenadas de este metal: bromuro, yoduro, fluoruro. He mandado hacer comprimidos cuya
fórmula es la siguiente:
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Cloruro de Magnesio
|
0.592
|
|
Bromuro
|
0.020
|
|
Yoduro
|
0.0001
|
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Fluoruro
|
0.0009
|
Estos comprimidos llevan el nombre de delbiasis. Dado que emplearé a menudo esta palabra he traído a colación esta fórmula.
Las numerosas investigaciones experimentales que fueron suscitadas por los hechos son expuestos más adelante.
En esta introducción, sólo quiero indicar el encadenamiento de las ideas y sobretodo como, siendo parte del tratamiento de las heridas,
llegué a la profilaxis del cáncer.
Anteriormente ya había intentado el tratamiento del cáncer por la dolomía, siguiendo el método propuesto por Dubard y Voisenet. No
obtuve ningún resultado. La dolomía es un carbonato doble de magnesio y de calcio. Asimismo no imaginaba que mis estudios sobre el
magnesio me llevarían al cáncer. He aquí la causa insignificante de este regreso imprevisto.
En cada oreja tenía un nódulo de hiperteratosa, lesión que es considerada como pre-cancerosa, y con justicia ya que lo cánceres
provocados por el alquitrán pasa por una fase de este tipo.
No creía en la herencia del cáncer y había expuesto las razones de mi excepticismo con respecto a ello en el artículo Neoplasmas del
tratado de cirugía el cual había dirigido la publicación con Le dentu. Pero algunos autores sostenían que el cáncer obedecía a las
leyes mendelianas de la herencia y la Srta. Maud Slye pretendía haber hecho por cruces sucesivos una raza de pericotes cuyos sujetos
que pasaban cierta edad morían de cáncer. Los nódulos de sus dos orejas me preocupaban, ya que mi herencia era tal, que, según las
leyes mendelianas, debería volverme canceroso.
Hice sacar el papiloma más grande, de la oreja derecha, por mi asistente Girode quien a partir de allí se volvió cirujanos de hospitales.
Tiempo después me quitó el de oreja izquierda que se desarrollaba. La oreja derecha, como la primera que fue operada fue la sede de
una recaída la cual hice sacar también, entonces la recaída acaeció en la oreja izquierda. No podía cortar mis orejas en pedazos.
Pensé que lo mejor era no pensar en tales cosas.
Cuando comencé a tomar regularmente la delbiasis todas las mañanas, la recaída se manifestó en mi oreja izquierda, empezaba en mi oreja
derecha. Rápidamente las picazones que las recordaban desagradablemente desaparecieron también que las olvidé completamente.
Una bella mañana, meses más tarde, ayudándome amarrarme el casco de operaciones, Girode me dijo: "pero sus orejas están curadas".
Lo estaban. Desde que no dejé de tomar la delbiasis, las hiperqueratosis no han reaparecido. Estoy en mi 82º año y no tengo cáncer.
La desaparición de estas lesiones pre-cancerosas que no me esperaba, fue para mí una revelación. La intuición me había conseguido a
buscar una sustancia que tenga una acción citofiláctica, pero no jugó ningún rol en el descubrimiento de su acción sobre las lesiones
pre-cancerosas.
Si no hubiese tenido lesiones de esta naturaleza en las orejas, no hubiera sin duda jamás tenido la idea que el magnesio puede ejercer
una acción anti-cancerígena. Nada me llevaba a pensarlo. Al contrario el fracaso de mis tentativas de tratamientos de los cánceres
por la dolomía me conducian en sentido inverso.
Después de la constatación del hecho hice las reflexiones siguientes. Mis tentativas anteriores habían portado sobre cánceres
confirmados. El resultado que venía de obtener se referían a lesiones que no eran aún cancerosas. La dolomía era quizá mal absorbida.
La acción quizá no se debía al ionmagnesio, sino a la molécula salina y la distancia entre el carbonato y las sales halógenas es grande.
Todo esto necesita de nuevas y numerosas investigaciones.
De otro lado, me acordaba que la magnesia tenía una acción manifiesta en las verrugas de la adolescencia y constaba que la delbiasis
las hacía desaparecer más rápido.
He estudiado experimentalmente la extensión en superficie de los líquidos y de los prótidos sobre las soluciones salinas, y he
constatado que la molécula de la sustancia disuelta tiene una gran influencia sobre la potencia de extensión, la molécula, no los
iones. Esto podía explicar que las sales halógenas tuviesen una acción y que la dolomía no la tuviese.
He constatado posteriormente que los carbonatos aceleran la evolución de los cánceres, los tumores se vuelven más voluminosos sin que
la supervivencia sea modificada.
He administrado la delbiasis a mujeres que sufren de mastitis crónica, enfermedad quística de Reclus, mastitis nudosa de Tillaux,
cirrosis epitelial para Quenu y yo, para todo caso de lesión pre-cancerosa.
La delbiasis detuvo la evolución de la enfermedad y a menudo la hizo retroceder.
Estos hechos clínicos permitían atribuir a las sales halógenas del magnesio una acción preventiva contra el cáncer. Pero si solo hubiese
tenido este argumento, no habría escrito este libro.
He hecho experimento en los animales: Unos dirigidos a la prevención y otros a la evolución de los cánceres injertos.
Los experimentos acerca de la prevención consistieron en someter a los tratamientos que producen la cancerización a animales
hipermagnesiados por inyecciones subcutáneas. Los resultados fueron muy claros.
También los experimentos sobre los cánceres injertos. Los tumores se desarrollaron mucho más lento en los animales magnesiados que en
los del grupo control. Esto prueba que podemos retardar la evolución de los cánceres saturando el organismo de sales halogenadas de
magnesio. De otro lado, injertando en serie pequeños tumores desarrollados en los animales magnesiados, he constatado que en cada paso
la actitud al injerto disminuía. Esto prueba que las sales halogenadas del magnesio tienen una acción sobre la célula cancerosa.
¿Cuál es la naturaleza de esta acción? Interesa precisarla, ya que ciertos experimentadores se han comportado como si las sales del
magnesio destruyesen las células cancerígenas. Por ejemplo en 1919 Itami inyectó en las venas de pericotes cantidades del cloruro de
magnesio de cinco a ocho veces más grandes de las que hubiesen sido tóxicas para el hombre. Era transponer en la lucha contra el cáncer
la noción de antisepsia que fracasó en la lucha contra la infección. Itami no obtuvo efectos positivos. Así debía ser. Es del todo
ilegítimo argumentar con ese tipo de experimentos para negar la eficacia de esas sales contra la cancerización.
Tengo necesidad de decir que esta idea de la toxicidad de las sales magnésicas halogenadas para la célula cancerosa es exactamente lo
contrario a lo que pienso. Todo lo que vive tiene necesidad de magnesio tanto las células cancerosas como las sanas.
La acción de las sales magnésicas es citofiláctica. Aumenta la resistencia y la actividad de las células. Éste modo de acción,
demostrado por las observaciones que había hecho en los glóbulos blancos no explicaba los efectos de los cánceres injertados. Tenía que
suponerse que retrasaría la evolución patológicamente viciada de algunas células. Esta hipótesis era explicativa, pero me parecía bien
fantasiosa, ya que no reportaba a nada conocido. He buscado durante mucho tiempo una prueba experimental de su valor. Pienso haber
proporcionado una mostrado que la aplicación local de las sales halogenadas de magnesio restauraban la pigmentación de los vellos
blanqueados por la edad.
Desde el punto de vista del modo de acción, he hecho otra constatación. Esta generalmente admitido según los trabajos de Watermann,
Reding y Slosse que los cánceres se desarrollan en los sujetos cuyo medio interior es más alcalino que lo normal.
He constatado con Palios que los alcalinos favorecen el desarrollo de los cánceres de alquitrán. He constatado por otro lado que los
cancerosos tienen la orina mas alcalina que los sujetos sanos. Todo ésto está a favor del rol nefasto de alcalosis en las
cancerizaciones.
De otro lado, Franicevic y yo hemos mostrado que la delbiasis acidifica la orina en los cancerosos. Este hecho que revela una
disminución de la alcalosis sanguínea explica uno de los modos de acción de las sales halogenadas de magnesio.
Este conjunto no permite afirmar que el aumento de la ración de magnesio disminuiría el número de cancerosos.
En la época en que realizaba mis trabajos, se señalaba en todos los países civilizados un aumento del número de cánceres. Si mi
concepción del rol de la carencia magnésica era correcta, la ración magnésica de la humanidad estaba disminuyendo.
Buscaba entonces si esta disminución existía y a que se debía. Encontré rápidamente dos razones: el cernido de las harinas y el
refinamiento de la sal.
Pedí al señor Breteau analizar las harinas blancas y lo que llamamos los sub-productos, bajas harinas, amolados y salvados.
Los resultados fueron muy claros. La mayor parte del magnesio de la harina queda en los sub-productos destinados a los animales.
El pan blanco es antihigiénico. Es uno de los más temidos errores de los tiempos modernos. Se ve aparecer el concepto espantoso
pero exacto, que el cáncer es una enfermedad de la civilización.
El refinamiento de la sal es otro error. Tiene por objetivo impedir la fundición en las salineras en los tiempos húmedos. Las sales
magnésicas son las responsables de esta delitescencia. Se les extrae. La sal cerebos es semejante al plan blanco.
En Italia, bajo el predominio de la sal se sabe en cual región de cada mina es consumida. De estas sales, una son muy pobres y las
otras relativamente ricas en magnesio. El señor Carlo Marchi constata que la frecuencia de los cánceres es inversamente proporcional a la
cantidad de sal de cocina en magnesio. El rol de sal es entonces innegable. También me hice hacer una sal rica en magnesio la cual
consumo regularmente.
Algunas costumbres culinarias, como el uso de las conservas de vegetales es también una causa de carencia de magnesio (ver página 357).
La causa principal y la más importante es la agricultura. Es así como me ocupé de este problema. Hice un pequeño potaje. Cada dos o tres
años, mi jardinero me decía que había que renovar el plantío de papa. Es así como aprendí que en toda la región de Brie, donde nací,
cuando se replantaba los tubérculos de proveniencia local, en dos o tres años la planta degeneraba. Evidentemente si queríamos "renovar"
la planta, es porque habian regiones donde no degeneraba.
Busqué entonces el origen de estas buenas plantas y aprendí que provenían principalmente de los pólderes de Holanda, de las Flandes, y
del Monte Saint Michel, es decir de suelos particularmente ricos en magnesio.
Fue para mí una revelación. Inferí que la riqueza de las plantas alimentarias de magnesio depende del suelo donde fueron cultivadas.
Como en esta época no se utilizaban fertilizantes magnésicos, el empobrecimiento de plantas alimentarias iba en crecimiento, y me
pregunté si la desertificación de bastas regiones del Asia y del África, donde antes habían florecido brillantes civilizaciones, se
había debido en parte al empobrecimiento del suelo en magnesio.
Gracias a la colaboración de los hermanos Villain de Bourbourg (Norte) y a los estudios hechos en Egipto por Schrumpf-Pierron, he podido
recoger acerca de la cantidad de magnesio en zonas alimenticias una importante documentación cuyos resultados globales son los
siguientes:
- Las plantas fijan sobretodo el magnesio en el momento de su maduración.
- La aptitud a fijar el magnesio varía mucho entre las especies.
- En la misma especie, esta aptitud es muy diferente de acuerdo a las variedades.
- Sea cual fuere la especie o la variedad, existe una relación entre la cantidad de magnesio de una planta y la del suelo.
Vemos así las consecuencias: Para evitar la carencia alimentaria de magnesio, se debe intensificar el cultivo de las especies y de las
variedades más aptas a fijar este metal y utilizar los fertilizantes magnésicos. Es una parte importante de la política preventiva del
cáncer.
La noción de la relación entre la cantidad de magnesio en las plantas y las del suelo donde son cultivadas conduce a otro tipo de
investigaciones de gran importancia para la demostración del rol de la carencia en magnesio, en la producción del cáncer. Son las
investigaciones geográficas iniciadas por Robinet.
Aproximadamente en 1928, Robinet estableció para Francia dos mapas: Uno geológico y otro cancerológico. En el primero pintó en amarillo
las regiones ricas en magnesio y en azul las regiones pobres en este elemento. En el segundo pintó del mismo color amarillo las regiones
donde la mortalidad por el cáncer es baja y en azul aquellas donde la mortalidad es considerable.
La comparación de estos dos mapas es satisfactoria. Podemos confundirlas. Los colores amarillo y azul se superponen casi
exactamente, es decir ahí donde el magnesio es abundante el cáncer es raro, ahí donde el magnesio es raro el cáncer es abundante.
Robinet ha hecho el mismo trabajo en Alsacia y Lorena, para el gran ducado de Bade y para Inglaterra. El resultado es el mismo: las regiones
ricas en magnesio son pobres en cáncer y viceversa.
En Egipto, el suelo arable que es en realidad el limón del Nilo es muy rico en magnesio. Todos los médicos europeos que han ejercido en ese
país se sorprendieron de la rareza del cáncer en los Fellahs. Schrumpf-Pierron retomó estos trabajos, los completó e hizo hacer análisis químicos
de los principales alimentos de los autóctonos. Su alimentación es particularmente rica en magnesio.
Había constatado desde el inicio de mis estudios, que en Túnez, en la región de Gafsa donde las aguas son muy ricas en magnesio, los indígenas no
tienen cáncer.
Tcherny en su tesis muestra que en Argelia las regiones más ricas en magnesio son las más pobres en cáncer.
En Indonesia, Bablet y Bader comienzan la prospección y concluyen: "Desde ahora los primeros resultados de nuestra encuesta en las
zonas del Delta de la Cochinchina y del Tonkin parecen favorables a la concepción de Delbet". Esta conclusión es aún más interesante si
consideramos que la población estudiada pertenece a la raza amarilla.
Apoyándome en este conjunto de hechos, llegué a pensar que una alimentación rica en magnesio, reduciría el número de cancerosos en la
proporción de dos tercios o tres cuartos. Creo ahora que estaba muy por debajo de la verdad y que la reducción podría ser aún mayor.
Son los estudios sobre la raza negra que han modificado mi primera estimación. Dos nociones han sido progresivamente establecidas y se
convirtieron en certeras. Los negros que viven en la savana africana de la vida llamada salvaje son casi indemnes al cáncer. Los negros
que viven en las ciudades de la vida "civilizada" ya sea en África o en América, tienen tanto cáncer como los blancos, lo que condujo a
Tripper a afirmar que el cáncer es una enfermedad de la civilización.
Las consideraciones sobre la agricultura, la sal y la cocina me llevaron a la misma conclusión. El acercamiento llevaba a pensar que la
alimentación de los negros de la savana era particularmente rica en magnesio.
En 1932 fui a Costa de Marfil. Habiendo constatado que los cánceres epiteliosos son tan raros como en las otras regiones del África que
habían sido estudiadas, traje muestra de alimentos que constituyen el fondo de la comida de los indígenas y los hice analizar. Se les
encontró considerablemente ricas en magnesio (ver página 313).
En 1939, Robert Dupont, cirujano del hospital de Mantes, fue a la colonia de Chad. Estuvo alojado allí y operó. No encontró cáncer.
Como yo, trajo muestra de alimentos fundamentales de la población indígena y los hizo analizar. Son también excepcionalmente ricos en
magnesio (ver página 314).
Los negros que viven en las ciudades europeizadas tienen tanto cáncer como los blancos. No hay entonces inmunidad de raza. En las
grandes ciudades africanas, la carencia de alimentos en magnesio es la misma que en Europa, quizá está más marcada, dado que se hace un
uso más grande las conservas de verduras y éstas son particularmente pobres en magnesio (ver página 357).
Los negros se vuelven cancerosos. Cuando viven en sus países con las plantas que cultivan ellos mismos, sin alimentos de importación, su
comida es más rica en magnesio y no tienen cáncer.
La conclusión salta a la vista. Si la alimentación de los blancos fuese tan rica en magnesio como la de los negros que viven de la
cosecha de su suelo, los cánceres serían tan raros en los blancos como en los negros. Así, es muy fácil volver nuestra alimentación tan
rica en magnesio como la de los salvajes de la selva africana.
Robert Dupont acaba de presentar en la academia de medicina el resultado de sus investigaciones. Escuchándolo he hecho un regreso sobre
mí mismo, me pregunté si había hecho toda mi tarea.
En el curso de mi larga vida, he publicado varios trabajos. Nunca me preocupé de la acogida que pudiesen tener. Nunca me interesó la
opinión de la prensa. Asimismo no me interesó lo que pensaran de mis esfuerzos. Esta ignorancia me dejaba una gran libertad de espíritu
para continuar mis investigaciones.
Mis trabajos sobre la citofilaxia y sobre el cáncer los comuniqué a la Academia de las ciencias, a la Academia de medicina, a la
Sociedad de biología, a la Asociación francesa para el estudio del cáncer. Nunca busqué mayor publicidad. Desde hace unos treinta años,
los diarios, incluso las revistas especializadas en medicina, no difundían las comunicaciones hechas a las sociedades científicas
excepto los informes que les remitíamos. Bajo la rúbrica "Sociedades del saber" encontramos análisis detallados de algunos trabajos.
Y luego vemos en letra pequeña "Otras comunicaciones" y una lista de títulos.
Cuando un miembro de la Academia de medicina, llegaba, los periodistas le preguntaban: "¿Tiene usted un papel?". No lo tenía.
Un autor no puede hacer un resumen frio e imparcial de sus trabajos. Si no considera que su trabajo sea importante, no lo comunicaría.
Bajo una forma inocentemente pretenciosa y falsamente modesta, analizándolos él mismo dejaría inevitablemente horadar la idea que tiene.
Por un sentimiento de pudor, sin duda ridículo, no puedo decidirme a hacer aparecer bajo el nombre de otro un elogio de mis trabajos.
Asimismo tuve conocimiento de numerosas investigaciones del mundo médico solo bajo el título peyorativo: "Otras comunicaciones".
La postura altanera que había adoptado no encajaba con mi modo de ser. Fontenelle dijo que si tuviese la mano llena de verdades, no la
abriría. Pensaba, imagino en ciertas verdades filosóficas que pueden inquietar el orden social y en ese tema, tendría mucho que decir.
Las verdades científicas, incluidas las más abstractas, encuentran tarde o temprano aplicaciones útiles. Aquel que ha descubierto algunas
verdades debe esforzarse por difundirlas.
Cuando hice comprimidos que permiten aumentar cómodamente la ración alimentaria de magnesio, me opuse a que sea difundida en la prensa.
Numerosas especialidades (más de 60, según lo que me han dicho) han surgido entonces, las que gracias a una fuerte publicidad se
difundieron y no siempre por la ventaja del método citofilaxico, ya que hay algunos que son mal absorbidos, o que contienen sales
ineficaces.
Cierto número de personas toman preparados magnésicos, sean éstos buenos o malos. Más aún, la mayoría los considera como medicamentos,
tomándolos sólo intermitentemente. Un hombre eminente me decía: "Su delbiasis me ha hecho un gran favor. Cuando lo tomo me siento muy
bien. Usted comprende, trato de no tomarlo muy a menudo porque temo que mi organismo se acostumbre".
Esto demuestra un total desconocimiento del espíritu del método.
La administración de sales halogenadas de magnesio bajo la forma de comprimidos no corresponde con lo que he soñado. Es un medio
individual, transitoriamente útil, pero no es la solución social de la profilaxia del cáncer y es la solución social que siempre imaginé.
He dicho y repetido en la Academia de Medicina que el Ministerio de Agricultura debería ser una dependencia del Ministerio de Salud.
¿Acaso no es obvio que toda actividad humana tiene influencia sobre la salud que es finalmente el objetivo de proporcionar alimentos?.
Estando verdaderamente seguro, que se puede por medidas simples, sin gasto alguno, sin ningún inconveniente, disminuir notablemente la
proporción de número de cánceres me esforcé en decirlos en las sociedades del saber, no he hecho ningún esfuerzo por difundir mis ideas
en público ni por obtener medidas que dieran este buen resultado. No es suficiente.
Mientras Dupont hacía su lectura en la Academia, súbitamente vino a mi mente que debía difundir este asunto y me puse a escribir el
presente libro.
Esta introducción es un resumen de la evolución de mi pensamiento. Está destinado a mostrar que he sido conducido por el
encadenamiento de los hechos a la profilaxis del cáncer. Esta no es una idea preconcebida de la cual he buscado posteriormente la
confirmación y la explicación.
La certeza que progresivamente me embargaba quería transmitirla al lector. Las palabras no pueden tener la misma potencia persuasiva
que la observación de los hechos.
Convencer que un elemento químico banal juega un rol importante, es una empresa difícil. Si se hubiese tratado de un compuesto
multimolecular cuyo nombre abarque varias líneas, hubiera sido más fácil: Lo maravilloso es siempre seductor. El fotógrafo habituado
a utilizar el magnesio para aclarar su modelo tiene ganas de reír si escucha que este mismo magnesio podría preservarlo del cáncer.
Una vitamina tendría más éxito. El público atribuiría de buena gana a su carencia los trastornos que sufre. Como nos imaginamos que un
gran efecto sólo puede ser producido por medios complicados, las sales magnésicas parecen muy simples.
Hay que hacer entender al lector la certeza no débil y adormecida sino sólida y profunda para que pueda tener resultado. El número de
cancerosos sólo podrá reducirse con la colaboración de todos.
Pienso que el mejor medio para obtener este resultado es reproducir mis principales comunicaciones con los gráficos, las fotografías de
los animales y los mapas: Evidenciar al lector de la mejor manera posible los hechos en su encadenamiento. Apoyándose en el resumen que
sigue, y sirviéndose de éste como un hilo de Ariana, seguirá fácilmente la larga evolución que me ha conducido el tratamiento de las
heridas a la profilaxia del cáncer. Si pudiese interesarse no sólo en los resultados sino en las investigaciones mismas, si pudiese
tomar parte mentalmente como tomamos parte de las peripecias de una novela, si las esperanzas, las angustias de largas esperas,
la felicidad de las constataciones por las cuales hemos pasado, mis colaboradores y yo, se convirtiesen en las suyas, su certidumbre se
afirmaría tan plena y entera como la nuestra. Los principios de la política preventiva del cáncer, principios que conciernen la
agricultura, la molinería, la sal, la cocina y la preparación de las conservas serían aplicadas, y en algunos años, el número de
cancerosos disminuiría.
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NOCIONES PRELIMINARES
No es necesario haber hecho estudios médicos para leer este libro. No obstante, hay que estar familiarizado con algunas nociones que
voy a exponer suscintamente.
La propiedad característica de la sustancia viva es la asimilación. Entendemos por este término la posibilidad para cada ser de preparar
con elementos extraños sustancias idénticas de las cuales está constituido.
Desde ese punto de vista, los vegetales son muy superiores a los animales. Edifican su sustancia con elementos minerales, lo que ningún
animal es capaz de hacer. Un animal, por simple que sea, sólo puede alimentarse a expensas de las sustancias ya elaboradas por los
vegetales. Se ven las consecuencias. En la evolución filogenética los vegetales han precedido a los animales.
El reino animal es tributario y en cierta medida parásito del reino vegetal.
Notemos que la síntesis clorofiliana que juega un rol capital en el desarrollo de las plantas no puede efectuarse sin magnesio.
Notemos también que pese a ser incapaces de la síntesis clorofiliana, los animales no pueden dejar de consumir magnesio. Ninguna vida
es posible sin ese metal.
Un átomo es la cantidad más pequeña que pueda existir de un elemento químico. Los átomos no son elementos primordiales de la materia.
Son edificios complicados formados por corpúsculos primordiales, electrones, positrones, protones, neutrones, etc… Son sin embargo
unidades químicas tanto como un elefante o un perro son unidades biológicas. Un medio elefante o un medio perro no son unidades
biológicas. Un medio becerro es una expresión de carnicero, no de un biólogo. Un medio átomo no tiene más realidad química que lo que
un medio carnero no tiene realidad biológica.
Las especies de átomos son 92. Estas 92 especies de átomos forman todo el universo. El menos pesado es el átomo de hidrógeno, el más
pesado es el átomo de uranio. Buen número de átomos tienen isótopos, que tienen las mismas propiedades químicas pero peso atómico
diferente. El magnesio tiene tres isótopos.
¿Cuáles son los átomos de los cuales están compuestos los seres vivientes? 29 son necesarios para la manifestación de los fenómenos
vitales. Su presencia ha sido constatada en todos los organismos estudiados hasta ahora, pero existen en cantidades muy diferentes.
Once elementos, el hidrógeno, el carbono, el nitrógeno, el oxígeno, el sodio, el magnesio, el fósforo, el azufre, el cloro, el potasio
y el calcio forman la casi totalidad de la masa de los seres vivientes, un poco más del 99.98% de su peso según Gabriel Bertrand. Son
los elementos constitutivos o elementos plásticos.
El peso de los otros elementos en el organismo es entonces apenas dos milésimas del peso total y son 18: 6 metaloides: fluor, bromo,
iodo, boro, arsénico, silicio; 12 metales: fierro, zinc, cobre, niquel, cobalto, manganeso, aluminio, plomo, estaño, molibdeno, vanadio,
titanio.
La cantidad de cada uno de ellos en un organismo es entonces ínfima. Son también necesarios. Sin ellos la vida no sería posible.
Juegan en el organismo el rol de catalizadores. Son los oligoelementos o los infinitamente pequeños minerales de Gabriel Bertrand.
Este eminente químico ha sido el iniciador de este tipo de investigaciones. Sus trabajos de una precisión meticulosa son tan atractivos
como una novela. Quisiera citarlos todos, dado que permite comprender que un aumento de la ración magnésica puede producir grandes
efectos. Eso es lo que constató a cerca del aspergillus niger. Contrariamente a lo que creyó Raulin, este moho no puede carecer de
manganeso, pero basta unas centésimas de millón en el medio nutritivo para asegurar su desarrollo. Modificando lo cantidad del medio,
Gabriel Bertrand constató que el aumento del cultivo puede superar veintiún millones de veces el peso del manganeso agregado.
Lo que es más interesante aún. Gabriel Bertrand ha podido determinar una concentración de manganeso en el medio de cultivo que "permite
un muy buen desarrollo del mycellium, pero que no basta para la formación de los órganos reproductores…Se necesita más metal para
asegurar la función de reproducción que para permitir el desarrollo general del organismo".
Estos hechos precisos muestran que las raciones alimentarias en cuerpos simples, metaloides o metales, tienen una gran importancia y
plantean el problema de las dosis.
He estudiado el rol del magnesio y he constatado un cierto número de sus efectos citofilácticos. Me he preguntado siempre si algún otro
metal pudiera merecer estudios del mismo tipo.
He dicho que he tenido mucha suerte estudiando, desde mis primeros ensayos, la acción del cloruro de magnesio sobre los glóbulos blancos.
El magnesio es en efecto a la vez un elemento plástico y un elemento catalizador. No hay más que dos cuerpos simples que juegan este
doble rol: El calcio y el magnesio. Es incontestablemente una gran suerte haber probado uno de los dos y entre los dos aquel que es más
activo en el sentido que buscaba. Las nociones que acabo de exponer y que hubiesen podido guiar mi elección estaban apenas esbozadas
cuando he comenzado mis investigaciones.
Los cuerpos simples no están tan apilados en un organismo viviente como lo están los polvos de un frasco. Están agrupados en moléculas
la mayoría de veces muy voluminosas y asimétricas. Ciertas moléculas contienen miles de átomos, no de miles de especies diferentes, ya
que esas especies son sólo 92. Un gran número de ejemplares del mismo elemento coexisten en ciertas moléculas. Esto es posible sólo
gracias a que los elementos de los átomos son capaces de enlazarse los unos a los otros. El carbono presenta esta propiedad en un alto
grado. Tienes cuatro valencias, es decir que puede enlazar otros cuatro átomos. Retomando la vieja figura de Epicuro y de Leucipo
diríamos que el átomo del carbono dispone de cuatro corchetes con las cuales agarra cuatro átomos y esos átomos pueden ser átomos de
carbono. Sólo concebimos que enormes moléculas en cadenas o cíclicas puedan formarse.
Es gracias al rol fundamental del carbono que se le llama a la química orgánica, química del carbono.
Los compuestos orgánicos son de tres categorías distintas: Las materias grasas, las materias azucaradas, y las materias albuminoides.
Las dos primeras están formadas de tres elementos: El carbono, el oxígeno, y el hidrógeno. También se les llama ternarias.
Las albúminas contienen además hidrógeno, por lo que se le califica de cuaternaria.
La albúmina era considerada como una sustancia viva por excelencia. Se le atribuía la propiedad esencial de la vida, la asimilación.
Era una concepción provisional muy simple. Ninguna molécula compuesta solamente de esos cuatros elementos, carbono, oxígeno, hidrógeno
y nitrógeno, puede ser asimilada. Las albúminas vivientes contienen siempre al menos uno de los elementos químicos que he enumerado
anteriormente. La albúmina con cuatro elementos es una sustancia muerta.
Tengo la impresión que confundimos a menudo albúmina y protoplasma. Albúmina es una expresión química. Protoplasma es una expresión
biológica.
Así como la unidad biológica es la célula, la unidad química es el átomo. El átomo es un edificio complicado: La célula es un mundo.
Su unidad de medida es la milésima de milímetro, el del átomo es la mil millonésima de milímetro. En un milímetro cúbico de hidrógeno
hay 36 billones de moléculas. En un milímetro cúbico de sangre, las células se cuentan por centenas de miles o por millones.
¡Qué tal diferencia de escala!
Una célula es una utrícula limitada por una membrana o más bien por modificaciones de su periferia. Toda célula contiene un núcleo que
es una pequeñísima célula incluida en otra.
Un átomo tiene también un núcleo. Cuando un núcleo atómico está ionizado, es decir amputado de cierto número de sus electrones
periféricos, los recupera y reconstituye el átomo eléctricamente neutro. Cuando se selecciona una célula sin interesar el núcleo, el
fragmento sin núcleo degenera, el fragmento nucleado reconstituye la célula. La analogía entre un átomo y una célula es muy lejana.
Es también cierto que en el elemento químico, el átomo, como en el elemento biológico, la célula, el núcleo es una parte fundamental.
El núcleo celular contiene partículas que al momento de la división por kariocinesis se agrupan en bastones que llamamos cromosomas.
Cromosoma quiere decir cuerpo coloreado. No hay que creer que tiene un color sino que fijan electivamente ciertos colores, lo que los
vuelve visible bajo el microscopio. Los bastones cromosómicos tienen una forma y un número determinado para cada especie. Están
formados de partículas muy pequeñas llamadas genes.
El aparato cromosómico constituye el germen o plasma germinativo de de Wriès. Una doctrina de la herencia está basada en la idea que
ese plasma germinativo no puede ser en ningún caso modificado por los cambios del medio interno. Esta idea es la más antibiológica que
jamás haya sido concebida.
El espacio comprendido en la célula entre la membrana y el núcleo está lleno por lo que se llama el protoplasma. El significado de esta
palabra es muy vago. Hay tantos protoplasmas como especie vegetales o animales existen. Y en cada individuo hay tantos protoplasmas
diferentes como órganos existen.
Todo protoplasma es de una prodigiosa complejidad. Comprende el agua, debido a que en todos los tejidos activos, el peso del agua es
más considerable que el de las otras sustancias. Esta agua existe bajo diversas formas: Agua libre comportándose como el líquido al cual
estamos habituados a dar ese nombre, agua fijada que se comporta de otra manera. Incluye sustancias albuminosas, grasas, ácidos grasos,
azúcares. Una parte de esas sustancias aglomeradas en complejos forman micelas que quedan en suspensión en el agua y forman
pseudo-soluciones coloidales. Contienen carga eléctrica. Este conjunto complicado no es neutro.
Es muy difícil determinar su reacción iónica. Yo creo que es ácida.
En un organismo cada célula está bajo la dependencia de todas las otras. Esta interdependencia condiciona la unidad del ser viviente.
Es debida a la correlación y la coordinación.
La correlación está realizada por el medio interior. El medio interior es el conjunto de los humores que circulan: Sangre, linfa,
líquido intersticial. La sangre es alcalina. Un sistema regulador complejo mantiene su alcalinidad en una tasa aproximadamente
constante en cada individuo. Me parece probable que la diferencia de la reacción iónica entre el protoplasma ácido y el medio interior
alcalino juega un rol capital en el desencadenamiento de los fenómenos físicos químicos que constituyen el metabolismo general.
Toda célula utiliza sustancias adquiridas al medio interior y le restituye otras sustancias que resultan de su actividad.
Está modificada por el medio interior y lo modifica. Es así que cada célula actúa sobre todas las otras. Desde el punto de vista del
medio interior y de la correlación, las diversas células no tienen la misma importancia. Una célula muscular produce energía cinética.
Sólo deja en el medio interior desechos como una fábrica bota aguas contaminadas. Las numerosas glándulas anexadas al sistema digestivo
vierten sus secreciones en el canal intestinal, donde hacen sufrir a los elementos las transformaciones químicas que permiten su
absorción. Así como las células musculares, las células de estas glándulas sólo modifican el medio interior por medio de sus desechos.
Hay otras glándulas llamadas endocrinas, que no tienen conductos excretores. Sus secreciones pasan directamente a la sangre y actúan ya
sea de una manera general sobre el metabolismo, ya sea de una manera electiva sobre ciertos órganos más o menos alejados.
Estas glándulas son las reguladoras del organismo, sus secreciones son las hormonas. Existen aquellas que forman órganos anatómicamente
distintos: El timo, el cuerpo tiroideo, las suprarrenales que son voluminosas, las paratiroides, la pituitaria, la pineal de volumen
tan restringido que hasta la actualidad se les creyó sin importancia.
El peso no es en este caso un criterio de utilidad. Las paratiroides apenas tienen el volumen de una arveja. Su ablación perturba todo
el metabolismo del calcio y conlleva a la tetania.
Los progresos de la histología han revelado la existencia en las glándulas de secreción externa de células que presentan ciertos
caracteres de las células de las glándulas endocrinas: se les llama entonces células intersticiales. Los islotes intrapancreáticos de
Langerhans secretan insulina, que hace reaccionar el metabolismo de los glúcidos. Su caída produce las formas graves de la diabetes.
Este conjunto endocriniano tan complejo actúa más o menos intensamente en todas las otras células, y las diversas glándulas que lo
constituye actúan los unos sobre los otros. Las interacciones, generales e incesantes, hacen de un ensamblaje de tejidos y de órganos
muy diferentes una unidad biológica de orden superior.
En el sistema endocrino, hay que guardar los glóbulos blancos o leucocitos. Existen tipos muy diferentes que no puedo imaginarme aquí.
En razón de su importancia en la lucha contra la infección, debo resumir sus características generales. Son elementos libres, independientes.
No se agrupan en tejidos. Producidos en la médula ósea, en los ganglios, en el bazo, pasan a la sangre donde son siete u ocho mil por
milímetro cúbico. Su protoplasma muy delicado, manifiesta todos los tactismos, tactismo a la presión, a la temperatura, a la acidez
iónica, a las propiedades químicas.
Bajo estas influencias diversas, su forma se modifica. Surgen de los pseudópodos cuya extremidad contrae adherencias con un cuerpo
vecino y toda la célula, como si fuese atraída por una fuerza elástica, se agrupa alrededor de dicho pseudópodo y parte para otras
aventuras. Esta movilidad particular que es la de las amebas, permite a los glóbulos blancos deslizarse entre las células endoteliales
de los vasos y salir del sistema circulatorio. Se insinúan en el tejido conjuntivo que forma la trama de todos los órganos incluidas
las células epiteliales.
Por medio de sus pseudópodos, rodean y engloban los cuerpos extraños, para los cuales tienen un quimistactismo positivo. Es así que
engloba los microbios, luego los destruyen por una digestión intracelular. Este fenómeno es la fagocitosis descrita por Metchnikoff.
La fagocitosis no es único mecanismo por el cual los glóbulos blancos luchan contra la infección. Me he esforzado en mostrar que un
leucocito es una célula glandular que vierte sus secreciones sea en la sangre, sea en los tejidos de tal manera que el conjunto de
los glóbulos blancos de un organismo constituye una glándula endocrina de importancia primordial cuyas secreciones forman los llamados
anticuerpos.
Con Dan Berceano, he constatado que mi vacuna antipiógena, el propidón, actúa sobre los órganos hematopoiéticos, particularmente la
médula de los huesos. Aumenta y acelera la producción de los glóbulos blancos, trae la formación de un tipo particular de leucocitos
que he llamado diacrisocites porque contienen, al costado del núcleo una gran bola de secreción.
Órganos hematopoiéticos, o los leucocitos pasan en la sangre por ondas rítmicas. Existen aquellos que juegan un rol fagocitario pero
varios explotan y vierten en la sangre sus secreciones que son, a mi parecer, los principales agentes de la lucha contra la infección.
La coordinación es característica del sistema nervioso. La correlación es lenta: Sus respuestas a las perturbaciones se hacen esperar.
La coordinación tiene respuestas rápidas, que van a lo largo de los nervios a la velocidad media de treinta metros por segundo.
Su mecanismo elemental es el reflejo. Una irritación ya sea externa, llevada sobre un órgano sensorial, ya sea interna producida en el
seno de los tejidos. Es transmitida por un nervio centrípeto a una célula nerviosa receptora. Ésta transmite su excitación a una célula
emisora que por un nervio centrífugo comanda una reacción apropiada a la irritación del cual es el resultado. L. Lapicque acaba de
mostrar que entre la célula receptora y la célula emisora se intercala una célula intermediaria que puede modificar la reacción y que
está bajo la dependencia de una o de varias otras células situadas en el encéfalo, cerebro o cerebelo. La importancia de la
subordinación al encéfalo está más marcada cuando el encéfalo está más desarrollado.
Insignificante en los animales con cerebro rudimentario, es considerable en los animales superiores y alcanza su máximo en el hombre.
El menos cambio en el medio interior en la actividad de la circulación, la fatiga o la excitación, el ayuno o la repleción, algunas
gotas de alcohol las modifican.
Las reacciones de las cuales depende la vida vegetativa pasan completamente fuera de la conciencia. Entre aquellas de la llamada vida
de relaciones, la intervención de la conciencia es muy variable. Bajo un intenso peligro, ejecutamos actos de salvaguardia tan
apropiado que los calificamos de inteligentes y los completamos de una manera tan inconsciente que no sabemos ni siquiera lo que hemos
hecho. Cuando reaccionamos tranquilamente, como no tenemos ningún conocimiento de las innumerables condiciones de las cuales dependen
nuestros actos, no sabemos de antemano lo que serán. Nuestra incapacidad de preverlas nos hace creer que las escogemos con toda libertad.
Se dice a menudo: "No he podido evitar hacer tal o cual acto". No podemos nunca reaccionar de otra manera que no sea el comandado por
nuestro estado físico químico. Pero tenemos la ilusión de escogerlo y quererlo.
La propagación de las modificaciones a lo largo de los nervios, propagación que Descartes atribuía a los espíritus animales,
propagación que llamamos el influjo nervioso está acompañado de fenómenos eléctricos. Estos fenómenos eléctricos pueden explicarse por
la extensión de capas monomoleculares a lo largo de las fibras nerviosas. Es una hipótesis.
Nos encontramos más avanzados en la manera en que un nervio acciona para contractar o relajar un músculo. Está establecido hoy día que
las extremidades nerviosas secretan sustancias sino idénticas, por lo menos muy vecinas de la adrenalina y de la acetilcolina que
actúan directamente y en sentido inverso sobre las células musculares.
Cuando se habla de la acción nerviosa, a esas sustancias se les llama los intermediarios químicos. Esta palabra no es correcta.
Hace pensar en los mediadores que la metafísica había imaginado para explicar la acción del alma sobre el cuerpo. Su descubrimiento
tiene una gran importancia filosófica. Integra el sistema nervioso en las glándulas, integración que habría podido hacer prever su
origen epitelial.
La coordinación y la correlación son las policías del estado complejo que constituye un ser viviente. Son sistemas de autorregulación
que aseguran la unidad. En el estado normal, nada les escapa. No hay una sola célula del organismo que no esté sometida a ella.
Es cierto que varias células, como los glóbulos blancos, no tienen ninguna relación directa con el sistema nervioso. Sin embargo no
se les escapan. Para dar un ejemplo de esas intervenciones, resumiré en algunas palabras la regulación de la cantidad de sangre en el
gas carbónico CO2. Si disminuye o aumenta, intervienen los fenómenos de disociación descubiertos por Sainte-Claire Deville, que
representan solo un caso de los equilibrios físico-químicos de Le Chatelier. Los carbonatos se disocian o se recomponen liberando
o fijando gas carbónico. Este doble fenómeno es independiente del sistema nervioso: Se produciría en una probeta. Pero si es
insuficiente y que la tensión del gas carbónico aumenta en la sangre, excita el núcleo respiratorio el bulbo. Bajo su influencia,
la respiración se acelera, el CO2 en exceso es eliminado por el pulmón.
Los glóbulos blancos son evidentemente sensibles a la tención de ese gas en la sangre y como el sistema nervioso interviene en la
regulación de esa tensión, los glóbulos blancos están sometidos indirectamente al sistema nervioso.
Un cáncer es un tumor constituido por células anárquicas. Esta fórmula no es una figura, expresa la realidad. Las células cancerosas
escapan al control del organismo, es decir a la correlación y a la coordinación. Se multiplican a veces con exceso, tienen la propiedad
de vivir en condiciones distintas a la de las células de la línea de donde ellas descienden, secretan sustancias que son tóxicas para
las otras células. Las secreciones de las células cancerosas son en alguna medida lo contrario de las hormonas. Mientras que las
hormonas excitan la actividad de las células en el sentido fisiológico, las secreciones cancerosas tienen una acción tóxica sobre las
células normales.
La palabra cáncer es sinónimo de tumor maligno. Se distinguen dos grandes grupos. Los unos son formados de células de la línea
epitelial: Son los epiteliomas. Los otros están formados de células de la línea conjuntiva, son los sarcomas. Estas dos clases de
tumores: Epiteliomas y sarcomas son muy diferentes.
Para los hospitales parisinos, la estadística que encontraremos más adelante (ver página 299) muestra que la proporción de los
sarcomas es muy débil en comparación a los epiteliomas. En cien casos de muerte por cáncer, tres o cuatro son debidos a los
sarcomas.
En este volumen trato exclusivamente los epiteliomas. Sólo he hecho un experimento sobre el sarcoma: Fue favorable a la acción de las
sales halogenadas de magnesio. Pero las constataciones hechas en Africa, en los Fellahs de Egipto así como en los negros tienen
resultados contrarios. Estas observaciones demográficas tienen una importancia diferente a los experimentos de laboratorio.
Es siempre la práctica quien juzga el valor de los métodos profilácticos o terapéuticos. Hay que ser verdaderamente tercos para
pretender tener razón teniendo una evidencia en contra. Veremos que el inmenso continente africano es un gigantesco campo de
experimentos cuya significación es clara. Muestra que las causas que impide la formación de los epiteliomas no influyen en los sarcomas.
Es lamentable, pero de poca importancia práctica debido a la rareza de los sarcomas en nuestro país. En este libro la palabra cáncer se
aplicará únicamente a los epiteliomas. Los cánceres no se desarrollan reprimiendo los tejidos vecinos sino invadiéndolos. No tienen
nunca límites netos. Sus células se infiltran por todo lado, en los espacios o los troncos linfáticos, en los vasos sanguíneos, en las
venas nerviosas. Van a colonizar a lo lejos, formando núcleos secundarios llamados metastáticos y que por su lado dispersan, es la
generalización. Y cada célula segrega sustancias tóxicas que producen una caquexia cancerosa.
Las especies de epiteliomas son muy numerosas. Cada órgano tiene las suyas y en cada órgano existen de varios tipos. Unos tienen una
afinidad electiva para los bazos linfáticos, las otras para los bazos sanguíneos. Unos tienen una rápida evolución, aguda, los otros
son lentos y entorpecidos. Unos secretan sustancias muy tóxicas que alteran precozmente y profundamente la salud, otras secretan
sustancias más o menos inofensivas que dejan la salud floreciente.
Unas matan en pocos meses, las otras dejan hasta más de veinte años de supervivencia, sin una gran alteración del estado general.
Para los cánceres del seno, me esforcé en buscar los caracteres histológicos que permiten precisar el pronóstico y las indicaciones terapéuticas.
Esos asuntos no serán tratados aquí. Todos los epiteliomas son estudiados en bloque. Es verosímil que las sales halogenadas de magnesio
no tengan exactamente la misma eficacia preventiva para todas las especies o variedades de epiteliomas, pero actualmente es imposible
llegar a alguna precisión sobre ese punto.
Las ideas acerca de la patogenia del cáncer, es decir acerca de su causa eficiente se han modificado notablemente desde hace cincuenta
años. En mi juventud, todas las mentes estaban entrenadas en la noción de la infección. Se tendía a atribuir el cáncer a agentes
patógenos del orden de los microbios o de los protozoarios. Yo mismo me orienté en esta vía y he realizado experimentos que actualmente
me parecen muy singulares. Habiendo constatado que los indígenas del Sur Tunesino eran casi indemnes al cáncer me pregunté si el agente
cancerizante no estaba desarrollándose en las frutas o verduras desconocidas en esas regiones. En el comienzo del siglo he organizado
en el campo una gran crianza de pericotes. Inyecté cánceres triturados en manzanas, peras o zanahorias, nabos, beterragas, coles.
He hecho estas inyecciones en las plantas en pleno crecimiento y alimenté mis animales con las frutas y legumbres así preparadas.
Las alimenté asimismo de cánceres. Los resultados fueron nulos: ninguno de mis pericotes se volvió canceroso. Veremos más adelante que
la inmunidad de las poblaciones del Sur Tunesino es debida a la riqueza del suelo en magnesio.
La teoría del origen infeccioso del cáncer perdió fuerza progresivamente a medida que se desarrollaban y se perfeccionaban los medios
de producir cánceres experimentales. Creo que ya no tiene partidarios. Por mi parte, la he abandonado completamente y he sostenido que
si se demostraba que un microbio es capaz de producir un cáncer, diría simplemente que es una causa más entre las demás, que de por sí
son numerosas. Toda irritación crónica puede desencadenar un cáncer.
¿Es el cáncer hereditario? Es la pregunta que nos planteamos a menudo y con angustia cuando se tienen antecedentes cancerosos. Las
personas extrañas a la medicina se inclinan mayoritariamente hacia el rol de la herencia. Los médicos son más reservados en este punto.
Hay ciertamente familias que son diezmadas por el cáncer. Estos hechos afectan inevitablemente a quienes los observan.
Podemos explicarlos sin que intervenga la herencia.
Existen también viviendas donde prevalece el cáncer, y es un argumento para sostener su origen infeccioso. Se explican de otras
maneras. El cáncer es lamentablemente una enfermedad muy frecuente para que el azar lleve a la producción simultánea o sucesiva de
varios cánceres en un espacio restringido.
Las familias con cáncer no representan una prueba de la hereditabilidad del cáncer así como los hogares con cáncer no prueban su origen
infeccioso. Hasta aquí la estadística no puede sostener la hereditabilidad del cáncer.
Los experimentos con ratones fueron distintos en manos de la Srta. Maud Slye. Esta experimentadora americana ha publicado trabajos
considerables donde afirma haber obtenido por cruces una raza de ratones en que todos los individuos que pasaban cierta edad se volvían
cancerosos. Como tenían miles de ratones le pedí que me enviara una pareja de esta raza preciosa. No dudaba de su existencia y quería
servirme de ella para demostrar el rol anticanceroso de las sales magnésicas (ver página 149). La Srta. Slye no me envió nada.
El gran alboroto que había causado las publicaciones de la Srta. Slye se apagó progresivamente y el silencio se estableció.
Hacia la misma época, un filántropo ha hecho en el laboratorio de Regaud un don importante que debía estar consagrado al estudio de
la hereditabilidad de cáncer.
A veces los cultivos de ratones sufrieron una terrible mortandad que echaron por tierra los proyectos más ambiciosos. Yo no creo que
ningún resultado de este proyecto haya sido publicado.
Los trabajos experimentales que parecen favorables a la hereditabilidad del cáncer se arruinan entre ellos. En efecto unos conducen al
resultado que el carácter del cáncer es recesivo y otros que es dominante. La manifestaciones hereditarias de un carácter dominante son
tan diferentes que las de un carácter recesivo que estamos obligados a concluir que los hechos que han conducido a conclusiones tan
contradictorias eran producto del azar.
Se verá que la frecuencia del cáncer en ciertas regiones se explica por la alimentación.
Desde el punto de vista de la profilaxia, que me interesa, especialmente, el modo de inicio del cáncer tiene un gran interés.
Las modificaciones físico-químicas que dan a la célula cancerosa sus propiedades nefastas son todavía desconocidas. A pesar de
algunas investigaciones interesantes, los métodos físicos y químicos no permiten reconocer con certeza una célula cancerosa.
Los métodos histológicos lo logran a veces. En general, para afirmar la naturaleza cancerosa de un tumor, el histologista utiliza
tanto el modo de agrupamiento topográfico de las células como sus caracteres propios.
El hecho más importante para la profilaxia es que la transición del estado normal al estado canceroso se hace progresivamente.
De un lado al otro el salto no es brusco. Entre los dos, las células pasan por etapas intermediarias. Esas etapas, son los estados
pre-cancerosos.
Ménétrier, el primero, ha insistido en las lesiones pre-cancerosas. Fue conducido por la histología y la clínica. La producción
experimental del cáncer ha confirmado sus puntos de vista.
Las mentes absolutas tenían la impresión que entre un tumor benigno y un cáncer existía una fosa infranqueable. Es un error. Muchos
cirujanos, que encomiendan a un histologista examinar una muestra hecha para asegurar el diagnóstico, le piden una respuesta categórica:
¿Es o no cáncer? El histologista no llega siempre a la certeza. Su responsabilidad es grande. La prudencia, a veces opiniones
personales, lo llevan a responder: "Proceda como si fuese un cáncer". Hemos visto histologistas eminentes calificar de epiteliomas las
formaciones incontestablemente benignas y epiteliomas del llamado cáncer epitelial.
Los cánceres experimentales han permitido de seguir paso a paso el fenómeno de la cancerización y las constataciones de Ménétrier han
sido plenamente confirmadas.
Los pobres deshollinadores de antes a veces sufrían de cáncer, de una localización que sólo se observaba en ellos. Se les ha atribuido
a la irritación producida por el hollín. Es lo que ha llevado a intentar producir cánceres por capas de de alquitrán. Los alquitranes
son sustancias complejas. Los diversos alquitranes se mostraron diversamente activos, se buscó cuales de sus constituyentes influían
en su actividad, y hemos llegado a precisar la composición de las moléculas particularmente cancerígenas.
Son descubrimientos admirables, sobre los cuales no puedo insistir. Estoy obligado de cernirme a las nociones que se relacionan con la
prevención del cáncer.
Las capas de los tegmentos con una sustancia cancerígena producen primeramente lesiones papillomatosas. Luego ocurren desórdenes más
acentuados que se agravan progresivamente. Itchikawa, cuando trabajaba en el laboratorio de Roussy, calificó las etapas sucesivas como
cáncer esquematizado, cáncer cercano, cáncer confirmado. He ahí el hecho capital. Si se dejan las capas, entre los cánceres cercanos,
algunos continúan su evolución y se comportan como cáncer, a pesar que la causa sea suprimida. Los tumores, aunque no son
histológicamente cancerosos, lo eran biológicamente. Tenían la potencialidad de un cáncer sin tener la morfología.
Bajo otra forma las condiciones físico-químicas constituyen la malignidad estaban muy avanzadas para evolucionar inflexiblemente
después de la supresión de la causa que las había producido, pero no se traducirían todavía por modificaciones morfológicas
histológicamente reveladas.
Contrariamente, entre los cánceres aproximados, o incluso confirmados en el sentido histológico del término hay quienes retroceden y se
curan después de la supresión de las capas.
Estos hechos muestran que en la misma especie, ciertos individuos resisten más que otros a las causas de la cancerización. Hay incluso
aquellos que son cáncero-resistentes.
Las causas de la cancerización son innumerables, así como las causas de infección. En las epidemias más mortales, hay sujetos que se
curan después de haber estado enfermos y otros que nunca lo estuvieron. La resistencia a esas enfermedades se incrementa por la
vacunación.
El cáncer no castiga de una manera epidémica, ya que sus causas no son tan imperiosas ni tan constantes. Pero son tan numerosas y
generales que si el organismo sucumbe sin lucha, todos los humanos se volverían cancerosos.
La resistencia a las enfermedades infecciosas, la inmunidad parcial o total es debida a una adaptación.
Esta adaptación especial, la llamamos vacunación, porque la erupción contagiosa propia a la vaca que para Jenner permite preservar los
hombres de la viruela lleva el nombre de vacuna.
La vacunación hereditaria juega un rol capital en la repartición y la evolución de las enfermedades infecciosas. Nacemos más o menos
vacunados contra las enfermedades comunes más contagiosas. Es por ello que son relativamente benignas. Las pruebas están dada por
numerosos hechos históricos. La rubeola era desconocida en las Islas Feroe. Fue llevada por la tripulación de un barco contaminado.
La población autóctona que no estaba hereditariamente vacunada fue diezmada por esta enfermedad que en nuestros países es benigna.
Luego de varias generaciones, regresó a la tasa de gravedad o de benignidad que tiene en el continente. La vacunación había jugado su
rol. ¿Era transmitida por herencia? ¿Se producía durante la infancia por manifestaciones de la enfermedad tan ligeras para pasar
desapercibidas? Los que niegan la herencia de los caracteres adquiridos sostienen naturalmente este último modo. Sin duda juega un rol.
Todo ser viviente se vacuna a cada momento contra alguna cosa. Pero en el caso en discusión, este modo no puede ser el principal.
Dos hechos lo prueban. Si los niños de las Islas Feroe hubiesen nacido tan receptivos como lo fueron sus ancestros, habrían sucumbidos
en la misma proporción que éstos. De otro lado, numerosas enfermedades tienen una evolución cíclica. Hemos visto al final de 1889
una epidemia singularmente mortal de la gripe llamada española. Y luego la gripe se volvió benigna y lo fue durante 27 años.
En 1917 se produjo una epidemia muy grave. Si la vacunación oculta eran tan eficaz, hubiese bastado para mantener la inmunidad, ya que
hay siempre casos de gripe esporádica, estas alternativas no se producirían. Se explican muy bien por la vacunación hereditaria.
Esta adaptación se transmite, pero, como todos los caracteres rápidamente adquiridos, está mal fijado. Después de un tiempo más o menos
largo se apaga, la población se vuelve receptiva, ocurre una nueva epidemia y el ciclo recomienza.
No se puede espera una auto-vacunación contra el cáncer. La enfermedad confirmada, a menos que la curemos quirúrgicamente, ya sea por
radiaciones que destruyen todas las células adulteradas, termina siempre en la muerte.
Toda vacunación espontánea supone una cura. De otro lado, si se produciese un aumento de la resistencia, no se podría transmitir
hereditariamente, ya que la gran mayoría de los cánceres se desarrollan después de la actividad genital.
Agrego que se concibe mal la vacunación de un organismo contra las células, a las cuales ha dado nacimiento. Estas células a pesar de
estar profundamente modificadas, guardan caracteres específicos. La prueba está dada por los injertos.
Los núcleos secundarios dispersos a distancia por un cáncer son en realidad auto-injertos. La célula cancerosa se injerta con una
temible facilidad. Es una propiedad tan característica que se ha llegado a considerar los injertos en serie como la única prueba
perentoria, en casos problemáticos, de la naturaleza cancerosa de un tumor. Pero estos injertos ocurren en animales de la misma
especie, de la misma variedad. Las células cancerosas guardan entonces en su química algunas características de su origen.
¿Cuáles son esas características? No lo sabemos todavía con precisión. Esta pregunta es una de la más importante de la biología,
es aquella de la especie. Los admirables trabajos de Gabriel Bertrand lo han orientado en su verdadera vía, la vía química, y hace
progresar de una manera notable. Ha establecido que los azúcares de los Gimnoespermas son pentosas mientras que los de los
angioespermas son hexosas. Esto quiere decir que las moléculas de los primeros contienen cinco átomos de carbono mientras que de los
segundos contiene seis. Insisto en estos descubrimientos ya que su importancia es tan grande que debo señalarla.
La imposibilidad de injertar un cáncer en un animal de otra especie distinta de la que se desarrolló me hizo esperar que inyectando a
un cancero sangre o tejidos triturados de un animal de una especie muy diferente se podría detener la evolución de los cánceres.
He hecho intento de este tipo, he inyectado a mis enfermos pulpa de hígado, de bazo, de suprarrenales de conejo, de erizo. Los
resultados fueron nulos.
Hice tentativas de otro tipo. Al inicio de este siglo, llegamos a la idea que inyectando a un animal tejidos de un animal de otra especie
se determinaba por un proceso vaccíneo, la formación en su sangre de anticuerpos capaces de destruir las células inyectadas. El suero de
la sangre del animal así preparado se volvía capaz cuando se le inyectaba a un animal de la especie que había proporcionado tejidos, de
destruir éstos. El suero se convirtió en citolítico.
En 1903 y 1904 intenté aplica este método al tratamiento de los cánceres, intenté preparar un suero citolítico anticanceroso.
Para esto inyecté a conejos pulpa de cánceres humanos. Después de una seria de inyecciones, recogí la sangre de los conejos preparados
e inyecté el suero a los enfermos de donde provenían los tejidos cancerosos. Quizá obtuve algunos efectos momentáneos. En todo caso,
el resultado final fue siempre nulo.
El objetivo de todas estas tentativas infructuosas fue la destrucción in situ las células cancerosas. Por su modo de acción, son del
mismo orden que la antisepsia. Buscan la destrucción directa de las células convertidas en parasitarias así como la antisepsia busca
la destrucción de los microbios. Todo fue un fracaso.
Otro intento de carácter antiséptico más claro fue hecho. Wassermann creyó que el selenio tenía propiedades específicas contra las
células cancerosas y que las inyecciones de seleniato de Sosa las destruirían y harían desaparecer los tumores. La idea era azarosa.
Había ya llegado a la noción que los antisépticos destruyen más células útiles que microbios peligrosos. Que un cuerpo simple, como el
selenio, pudiese destruir células cancerosas sin alterar alguna otra célula necesaria a la vida, me parecía quimérico. Sin embargo
intenté el método de Wassermann.
Fue para mí un caso de conciencia. No creo que un cirujano esté obligado de intentar todo lo que le proponen. Antes de aplicar un método,
debe analizarlo, sopesarlo por medio de sus conocimientos de biología general. Las ciencias exactas, las certezas son muy numerosas y
sólidas para no condenar ciertas tentativas sin someterlas a la experimentación. Así es legítimo de rechazar sin examinar todo intento
de cuadratura del círculo.
En biología, muchas nociones que están muy bien asentadas carecen aún de precisión. Es injusto rechazar un método propuesto por un
hombre que ha dado pruebas de su valor. Wassemann era famoso por la reacción humoral que permite descubrir la sífilis. Además un
enfermo que se sabe perdido despierta en todos piedad profunda. En el médico, en el cirujano se agregan una humillación, una rabia de
su impotencia.
Para apaciguar su conciencia se deja llevar e intenta métodos que no le parecen razonables. Es así que, siguiendo la técnica de Wassemann,
he inyectado seleniato de sosa a los cancerosos. El único resultado de esas inyecciones fue la producción de accidentes de intoxicación,
algunos de los cuales fueron dramáticos. Los tumores no fueron modificados.
El método al cual he llegado progresivamente es completamente diferente a las tentativas que vengo de exponer. Este método es de tipo
citofiláctico y no de tipo antiséptico. Su objetivo no es matar las células cancerosas sino impedir que se formen. Es preventivo no
curativo.
La prueba de su eficacia fue proporcionada primero por la regresión y la desaparición de las lesiones pre- cancerosas. Es un punto
fundamental, porque está establecido que los cánceres se desarrollan en lesiones de este tipo.
Hay que detenerse en el significado de estos hechos. He asistido a muchas discusiones inútiles donde se preguntaba si esas lesiones eran
la causa del cáncer. La pregunta está mal formulada. Las lesiones pre-cancerosas no son ciertamente la causa de los cánceres que se
desarrollan en ellas. Tienen las mismas causas que el cáncer mismo. La evolución de los cánceres experimentales así lo prueban.
Las sustancias cancerígenas producen primero lesiones que no son cancerígenas, que son susceptibles de retroceder si se interrumpe el
experimento pero que se agravan progresivamente cuando se le continúa.
Se han preparado sustancias de una potencia cancerígena cada vez más fuerte. Pero si producen seguramente lesiones pre-cancerosas, no
producen la cancerización.
En cierto número de casos la evolución no va hasta la malignidad. La proporción de fracasos y de sucesos es muy distinta según la
sustancia, según los animales, según las razas, según los países.
Cuando estuve en Montevideo nadie pudo producir cánceres sobre los conejos por administración de alquitrán. En Buenos Aires se
producían fácilmente.
Estos hechos muestran que en una misma especie la resistencia a la cancerización es variable según los individuos. Lo mismo ocurre en
la especie humana. Las causas de esta resistencia son dudas múltiples.
El objetivo de esta obra es mostrar que existe una que podríamos fácilmente hacer beneficiar a la humanidad entera.
Pido al lector de no saltar al final para buscar las conclusiones prácticas.
Disculpándome de pedirle su paciencia para una ruda prueba, le suplico de leer los resúmenes o re-impresiones de trabajos los cuales
remontan a más de cincuenta años. Sólo con esa lectura, podrá encontrar el mismo su propia certeza, una certeza eficaz.
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CAPÍTULO I
DE LA ANTISEPSIA A LA CITOFILAXIA
Desde mi internado, he tenido curiosidad por la idea de la nocividad de los antisépticos. Se les pedía matar los microbios no solamente sobre los
instrumentos y sobre las manos, sino en los tejidos.
Los microbios siendo más resistentes que las células de los seres más evolucionados, me parecía imposible destruirlos sin destruir las células.
Sin embargo las células vivientes no sucumbían sin lucha alguna a la agresión microbiana. "La vida, ha dicho Bichat, es el conjunto de las fuerzas
que resisten a la muerte". Esta definición tiene una fuerza activa, sin embargo es sólo el cese de la vida, una negación. En el tema que trato,
el personaje de la muerte es jugado por los microbios. Teniéndolos como objetivo matamos las células.
No es solamente por medio de sustancias químicas que se ha tratado de destruirlas. También ha tratado de hacerse por medio del calor.
El calor es el único medio seguro de esterilizar los instrumentos y el material de cura. En ese tema el acuerdo es unánime, pero se olvida que
Pasteur ya lo había dicho. Este gran hombre había formulado claramente las reglas de la asepsia. "Si tuviese el honor de ser cirujano…emplearía
solamente hilas, cintas, esponjas previamente expuestas a un aire con temperatura de 130 a 150 grados, sólo emplearía una agua a una temperatura
de 110 a 120 grados".
Pero se trata de la esterilización de las heridas. Felizet trató de hacerlo por medio de la llama del soplete, que está a una temperatura elevada.
Era un doble error físico y biológico. Si podemos pulir una herida con una llama a temperatura alta sin carbonizarla, significa que su
superficie está húmeda. La volatilización del agua baja la temperatura. De otro lado los microbios resisten a temperaturas dos o tres veces
superiores a las que matan las células de los seres más evolucionados. No podemos entonces matarlas en una herida sin quemar los tejidos.
Tratar de hacerlo, es agregar una quemadura a una sección y de todas las heridas las quemaduras son las más difíciles de esterilizar, justamente
porque los tejidos desvitalizados no resisten a la agresión de los microbios y son una buena comidilla.
Mencionaré a menudo el valor vital de los tejidos y de las secreciones de una herida. Es una noción fundamental.
Las soluciones químicas antisépticas no son tan nocivas como el calor. Sin embargo no son inofensivas para las células. Es un mal principio de
lucha, asesinar a sus aliados.
En mi época de internado, de 1,885 a 1,888, se drenaban todas las heridas. Era un rito. No hablo de las heridas accidentales, sino de las
operatorias, de aquellas hechas por el cirujano en tejidos no infectados. La prueba de la necesidad del drenaje parecía proporcionada por las
manchas de la herida.
Es cierto que una herida abierta sangra siempre. Pero los tejidos descubiertos están en contacto con el aire que es para ellos un cuerpo extraño,
con la gasa que los recubre y que los irrita mecánicamente. Cuando se examina por el microscopio gasa que ha estado en contacto con una herida,
se le encuentra llena de células. Son células vivientes que han penetrado en las mayas. También he dicho que la gasa es una trampa de células.
De esas células captadas, que se saca con la gasa muchas están activas. En esas condiciones cada curación es nociva y retrasa la cura.
En una herida cerrada por la sutura, si el afrontamiento está bien hecho, tejido a tejido, las células se encuentras en condiciones poco
diferente de lo normal y si no han sido dañados por sustancias tóxicas, las exudaciones de la herida deben ser insignificantes.
Dichas consideraciones me llevaron en 1888, a pedir a mi maestro Trélat la autorización de suturar herméticamente y completamente sin drenarla,
una herida de amputación. Ya he dicho que tuve la suerte de tener un éxito completo.
En 1889 habiendo devenido prosector, lleve a cabo investigaciones experimentales sobre lo que llamé la fisiología quirúrgica de la peritonitis.
He publicado sucesivamente tres memorias de las cuales solo una concierne al tema del libro. Lleva por título: "De la acepción de los antisépticos
sobre la peritonitis".
Los experimentos que relata, sólo pude realizarlos gracias a la colaboración de mis amigos Grandmaison y Bresset.
Es así como expuse el objetivo de este trabajo: "Las sustancias antisépticas siendo veneno para los microbios, que son organismos unicelulares, es
legítimo suponer que son también veneno para las células de los organismos más complejos. Si así fuera, podemos concebir que los antisépticos,
alterando y destruyendo un cierto número de células, disminuirán la resistencia de los tejidos, y que si por casualidad, dejan sobrevivir algunos
microbios, podrán favorecer la infección en vez de entorpecerla"
Tal es la idea que me ha conducido a estudiar la acción de los antisépticos sobre las células endoteliales del peritoneo. Todas las alteran.
También he concluido que tienen más inconvenientes que ventajas. En ese entonces sólo tenía por objetivo las operaciones con los tejidos
asépticos. Para las heridas infectadas continuaba servirme, como todos los cirujanos, de soluciones antisépticas.
En el curso de estos experimentos había constatado un hecho que ha tenido gran importancia en mi práctica quirúrgica. Es el hecho que los
frotamientos con tampones de algodón o de gasa arrancan un gran número de células de revestimiento del peritoneo. De esta manera las acciones
mecánicas pueden ser tan nefastas como las soluciones químicas. Estoy siempre sorprendido cuando aparecen reuniones quirúrgicas cuyo tema es el
tratamiento de las oclusiones intestinales post operatorias. Mi sorpresa es por el hecho que en mi larga carrera no he observado una sola.
Esta ventaja me parece que se debe a la atención acuciosa con las cuales he siempre trabajado con las células. Cuando veo introducir en el
peritoneo paquetes de enormes compresas y hasta toallas, sentía una indignación dolorosa.
El respeto por las células se ha convertido en un principio fundamental de mi técnica quirúrgica.
Pero para las lesiones infecciosas, continuaba, como todos los cirujanos, a servirme de antisépticos.
No contrarrestar las defensas naturales del organismo, no puede considerársele como un progreso. Es sin embargo innegable.
Ambroise Paré, ha dicho de un herido que había curado: "Yo lo vendaba y Dios lo curaba". En una época dramática de la cirugía, aquella que
precedió los descubrimientos de Pasteur, los cirujanos habrían podido decir a menudo con toda certeza: "Lo vendaba e impedía curarlo".
La cirugía, sobretodo en el hospital, se había vuelto mortal. La era pasteuriana la hizo salir de este hoyo y le abrió nuevas vías fecundas.
El campo de la cirugía se ha extendido: podemos incluso decir que ha cambiado. Estaban casi muy limitados los miembros, se extendió a todas las
vísceras. Para los miembros, las amputaciones han sido reemplazadas por operaciones conservadoras. Las mutilaciones disminuían.
Las lesiones viscerales a las cuales no intentamos tocar se convirtieron en el campo principal de la acción y de las investigaciones quirúrgicas.
Para las lesiones debidas a los microbios pirógenos, para las heridas infectadas, la asepsia permitía no infectarlas más por el aporte de
microbios nuevos, era mucho en relación al pasado. ¿Pero los cirujanos podían limitarse a no ser nocivos?.
Para las lesiones debidas a los microbios piógenos, preparé una vacuna contra los principales microbios piógenos. Con la colaboración de Beauvy,
mi jefe de laboratorio, y de mi asistente Girode, terminé la primera vacuna mixta. La presenté en la academia de medicina en 1914. Durante la
guerra (1914-1918), fue preparada en el instituto Pasteur, por Salimbeni, y obtuvo sus frutos. Después de la guerra Rux, rechazó continuar la
preparación. El señor Billion de la casa Poulenc se encargó y le dio el nombre de Propidon bajo el cual es conocido hoy en día.
La guerra en 1914 trajo un gran número de infecciones, septicemias, piohemias, gangrenas gaseosas que habían desaparecido hace unos treinta años.
Fue horrible. Desde fines de agosto de 1914, antes de la batalla de Marne, fui enviado en misión en el Oeste. Inspeccioné un gran número de
hospitales, desde Evreux, hasta Nantes. Por todas partes los antisépticos obtenían resultados deplorables. Al final de enero de 1915, fui a ver
los puestos de avanzada de la armada de Franchet d´Esperey cuyo cuartel general estaba en Jonchery y de la armada de Langle de Cary cuyo cuartel
general se encontraba en Chalons. De dichas misiones, saqué dos ideas: había que reorganizar el servicio de salud y había que modificar el
tratamiento de las heridas.
La reorganización era un asunto administrativo. Fue realizada bajo el impulso de la comisión superior consultativa del servicio de salud.
No diría nada si no fuese porque el transporte y la hospitalización de los heridos fueron aseguradas bajo condiciones admirables.
Sobre la cuestión propiamente quirúrgica, el tratamiento de la herida de guerra, he escrito un gran volumen con la colaboración de Noel
Fiessinger.
Heridas hechas por arma blanca, no se veían muchas. Las heridas producidas por las balas y las explosiones de los obus tienen características
muy particulares que son debidas a la energía cinética de los proyectiles. Alrededor del hueco, del canal a menudo insignificante hecho por el
metal, los tejidos son desvitalizados. Son incapaces de defenderse contra los agentes infecciosos. Más aún, por sus mismas alteraciones se
volvieron un medio nutritivo excelente para los microbios. De otro lado, los glóbulos blancos habiendo penetrado por diapédesis en esta zona
desvitalizada fagocitan los vestigios de tejidos, los glóbulos rojos, más que los microbios, y en algunas horas éstos pululan.
El progreso que ha transformado la evolución de las heridas de guerra, es la resección primitiva de los tejidos desvitalizados. Varios cirujanos
han llegado a este concepto fundamental. Pero es indudablemente Gaudier quien ha sido el gran iniciador. Cuando la técnica fue reglamentada y
generalizada, los resultados sobrepasaron todo lo esperado. Se obtenía en ocho o diez días la cicatrización de las heridas que al principio
tomaba meses en curarse, si es que no tenían como consecuencia la pérdida de un miembro o hasta de la vida.
Los resultados lamentables del tratamiento de las heridas de guerra por medio de los antisépticos me causaron en el curso de diversas misiones
una sensación dolorosa de impotencia, de humillación y puesto en un estado de rabia. La aplicación correcta de los métodos recibidos no basta
para satisfacer mi conciencia, cuando los resultados no son muy buenos. Creo que el progreso está casi definido y que estamos lejos de su término.
Para calmar mis angustias, debo buscar mejorar, en la medida de lo posible.
Tomé la decisión primero de controlar la acción de los antisépticos sobre los microbios. Teníamos la costumbre de medir su potencia de
estirilización en cultivos o suspensiones acuosas. Estas condiciones no tienen nada en común con las que ocurren en las heridas.
Con la colaboración de mi asistente extranjero Karajanopoulo, llevé a cabo una seria de investigaciones cuyas primeras tenían por objetivo medir
la acción de los principales antisépticos en el pus. Consistieron en la inmersión en algunos centímetros cúbicos de soluciones comúnmente
utilizadas, una gota de pus proveniente de una herida.
Estas condiciones son bastante más favorables a la acción de los antisépticos que aquellas que pueden ser realizadas en clínica. A continuación
la clasificación de los antisépticos según su eficacia medida en el pus.
El gotero de pus fue estirilizado por:
|
El ácido fénico
|
6 vevces sobre 15
|
40%
|
|
El éter
|
2 veces sobre 8
|
25%
|
|
El sublimado
|
2 veces sobre 9
|
22%
|
|
Agua oxigenada
|
1 vez sobre 10
|
10%
|
|
Licor de Dakin
|
2 veces sobre 12
|
17%
|
|
Licor de Labarraque
|
0 veces sobre 13
|
0%
|
El viejo ácido fénico, completamente abandonado y que mereció serlo por otras razones se ha mostrado el más activo. Los tres antisépticos que eran
los más empleados, el agua oxigenada, el licor de Dakin, el licor de Labarraque fueron los menos activos.
No es sorprendente que sus resultados prácticos hayan sido nulos.
En 1891, Había mostrado por experiencias en los animales que los antisépticos, destruyendo las células, pueden favorecer la infección. Después de
haber constatado mediante experimentos anteriores que no pueden ser desinfectadas las heridas busqué que no se agrave la infección.
Había constado que muchos de los pus contienen glóbulos blancos, capaces de fagocitar y de destruir los microbios. Esta constatación me había
conducido a un método de pronóstico: La pio-cultura. Consiste en recoger pus en tubo de ensayo, hacer una numeración de los microbios que
contiene a ubicar el tubo de ensayo en la estufa durante 24 horas, y hacer enseguida una segunda numeración.
En ciertos pus, el número de microbios disminuye notablemente, han sido destruidos sea por fagocitosis, sea por las propiedades humorales del pus.
El pus es bactericida. La piocultura es negativa. El herido se defiende bien, el pronóstico es bueno.
Otros pus son bacterícolas: Los microbios pululan. El enfermo no se defiende. El pronóstico es malo.
Entre los dos, se ubican los pus donde los microbios no aumentan ni disminuyen.
Fui en diversas ambulancias del frente, en particular en Manonville, en la Woevre, a aplicar la piocultura. Me permitió salvar algunos miembros
que iban a amputar.
Los pus bactericidas proporcionan un buen terreno para estudiar la acción de los antisépticos. Se ponen piocultura en la estufa dos tubos de
ensayo, uno conteniendo el pus simple, el otro contiene lo mismo pero adicionando el antiséptico en estudio. Al cabo de 24 horas, se hace la
numeración de los microbios y a menudo nos encontramos más numerosos en el pus adicionado de antisépticos, que en el pus simple.
Es sobre todo el licor de Dakin que produce este resultado en apariencia paradójico.
Sólo se explica de dos maneras: La destrucción de los glóbulos blancos aún vivos y activos en los pus bactericidas, las modificaciones químicas de
las albúminas del pus.
Es primer modo es el que estudié en 1891, la nocividad de los antisépticos para las células, el segundo me fue sugerido por ciertos casos donde
la pululación de los microorganismos había sido de una abundancia extraordinaria. Me pregunté si los antisépticos, modificando las sustancias
proteicas del pus, no representaban un mejor medio de cultura para los microbios.
He podido dar una demostración de este modo de acción. La clara del huevo es una sustancia orgánica, pero no viviente. No contiene células. El estreptococo se desarrolla mal ahí. La siembra sólo da una cultura muy pobre.
Su antes de hacer la siembra se agrega la clara del huevo un tercio, la mitad, dos tercios, de su volumen de licor de Dakin, la cultura se vuelve florida. El hipoclorito ha desagregado la gran molécula de albúmina y la
ha vuelto más asimilable para los microbios. Y es con este antiséptico que se había pretendido vencer las infecciones.
He hecho otra serie de experimentos muy simples. Se aplica una lámina de vidrio sobre una herida. El pus que queda adherente es preparado por las
técnicas usuales para el examen microscópico. Tomada la muestra, se lava la herida con el antiséptico en estudio, o mejor aún cuando esto es
posible, se le sumerge en la solución (baño de antebrazo, de pié). Se puede prolongar el baño durante varias horas. Enseguida se coge una segunda
muestra en la misma región de la herida, y se hace una numeración de los microbios en la primera y en la segunda.
Procediendo así nunca encontré una disminución de la flora microbiana, pero a menudo observe su incremento.
Estas constataciones me han conducido a renunciar completamente a los antisépticos inclusive en el tratamiento de las lesiones infecciosas.
Entonces sostuve que no encontraría nunca un antiséptico capaz de esterilizar una herida, es de matar todos los microbios que la infectan sin
matar al mismo tiempo un gran número de células, es decir sin alterar los medios de defensa del organismo. Opuse a este punto de vista los
protozoarios y los protofitos.
Los protozoarios son animales, los protofitos son vegetales. Dado que los protozoarios son animales, tienen condiciones de existencias más
estrechas y más especiales que los protofitos, tan estrechos y tan particulares que es casi imposible cultivarlos en medios artificiales.
Los protofitos, al contrario, prosperan en esos medios llamados caldos de cultivo.
Los protozoarios producen enfermedades especiales, como la sífilis, el paludismo, la enfermedad del sueño. Sus exigencias vitales son tales, que
podemos alcanzarlos en el organismo de manera antiséptica. La acción de la quinina en el paludismo lo había mostrado antes incluso que se
supiera que era producido por un protozoario. Se trataba eficazmente la sífilis antes que su agente patógeno fuese conocido.
Los químicos muy hábiles con los átomos, los radicales y las moléculas, han preparado cuerpos nuevos cada vez más activos. Los médicos los
experimentan y regulan su modo de empleo. Todos esos cuerpos tienen una toxicidad para el organismo y particularmente para ciertas células
especializadas, pero es menor que para los protozoarios. El problema consiste en precisar la dosis máxima que el organismo pueda soportar sin
peligro, ya que hay un interés superior en destruir todos los agentes patógenos en el mínimo de tiempo. Los que resisten a una primera dosis
se vacunan en efecto y se vuelven más resistentes.
Gracias a la habilidad de los químicos, gracias a la sagacidad, a la entrega y a la energía de los médicos militares y médicos de colonización,
las condiciones de existencia han sido transformadas en vasta regiones de nuestras colonias.
Mi predicción frente a los antisépticos ha sido negada por los hechos. Desde hace más de veinte años los químicos preparan cuerpos que tienen
una acción sobre las infecciones, particularmente ha estreptococos y a neumococos. El protonsil, uno de los primeros utilizados, no tuvo efecto
en las baterías in-vitro y sin embargo había una en los sujetos infectados, lo que permitía pensar que actuaban no sobre las bacterias, sino
sobre el organismo para aumentar su potencia de resistencia. Pero J.Tréfouel, director del Instituto Pasteur, con Fourneau y sus colaboradores,
han mostrado que en el organismo el protonsil se separa en dos moléculas, una activa y otra inactiva. La Molécula intacta no tiene acción, lo
que explica que in-vitro el protonsil no modifica los microbios. En el organismo la ruptura de la molécula libera la parte activa. Esta no es
aquella que se creía.
Los primeros compuestos químicos activos en las infecciones, se les daba el nombre general de azoicos porque se le atribuía su acción a una
función caracterizada por dos moléculas de azufre. Es justamente aquella que es inactiva.
La parte activa es una aminofenilsulfamida. NO se habla más de compuestos sulfúricos, pero de sulfamidas y esos cuerpos gozan actualmente de un
gran favor. Actúan in-vitro e in-vivo. El 1162F actúan sobre el estreptococo, el neumococo, el gonococo, sobre varios bacilos y hasta en ciertos
virus filtrables. ¿Cuál es el modo de acción?. Desde 1936, Tréfouel expresaba la idea que el 1162F ejercen una acción que impide el desarrollo
de los mohos. En 1942, concluye: "Los últimos trabajos publicados en Inglaterra, en América y en Francia han mostrado efectivamente que el modo
de acción del 1162F era muy particular y muy alejado del modo de acción de un antiséptico en el sentido corriente del término. En este caso no
hay verdadera acción tóxica directa sino una actividad bacteroestática, el sulfamido inhibe el desarrollo bacterológico y lo sustituye, por
analogía de fórmulas, por un elemento en la vida de la bacteria, el ácido p.aminobenzoico". A causa de esta inhibición las bacterias son más
fácilmente destruidas por las defensas naturales del organismo.
Ya había intentado aumentar la potencia de estas defensas preparando la vacuna que desde ese entonces fue largamente utilizada bajo el nombre de
propidón. Habiendo constatado no solamente la inutilidad, sino también los inconvenientes de los antisépticos en las heridas infectadas, traté de
lavar y curar estas últimas buscando una solución capaz de exaltar la potencia de los leucocitos.
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